Para saber más

Finales de diciembre de 2001, el frío y la nieve acompañan la okupación de la masía de Can Masdeu, abandonada desde hace medio siglo y cada vez más en ruinas. Las paredes, patios, albercas y terrazas del valle comienzan a revivir. Lo que había sido una leprosería acogerá a partir de ahora nuevos habitantes que, a pesar de vivir también al margen de la normalidad impuesta, llegan decididos a romper el aislamiento y con algunas ideas claras. Entre ellas, la de crear un espacio de relativa autonomía alimentaria junto a la ciudad megadependiente. No podía ser de otro modo; las amplias terrazas, el suelo fértil, el agua de las minas, la orientación de solana, los viejos frutales, todo parece pedir a gritos que se arranquen las zarzas y se vuelva a labrar; que las abejas vengan a polinizar y que el aire vuelva a estar empapado de olor a estiércol de gallinas, a aroma de plantas medicinales y comida popular. Dicho y hecho, pero paso a paso.

Se podría decir que la semilla del proyecto, o al menos el recuerdo más antiguo, la encontramos en una reforestación popular, la primavera de 2002, cuando se plantaron varios árboles reciclados en la Feria de la Candelera (Molins de Rei). Por otra parte, estaban empezando a cultivar las antiguas terrazas agrícolas de la finca, por parte de la gente que vivía en la casa (ajos en febrero, patatas en marzo), con la participación espontánea de alguna gente mayor del barrio , mayoritariamente inmigrantes gallegos, andaluces y extremeños de origen rural.

A partir de ahí se empieza a generar la idea de hacer unos huertos conjuntamente con gente del barrio; no está claro de dónde surgió la idea, probablemente de la constante interacción entre los jóvenes okupas de la masía, recién llegados y la gente del barrio de toda la vida, que acostumbraba a pasear por el camino que rodea la casa. En marzo de ese año se empieza a rehabilitar una de las balsas de la finca (la que está situada en el exterior del recinto de la masía, junto a la fuente), y una primavera y un verano bastante lluviosos permiten que haya agua suficiente para cultivar más tierras. Así que el 8 de septiembre de 2002 se abren oficialmente los Huertos Comunitarios de Can Masdeu, con carteles de convocatoria colgados en el barrio. Más …

A la inauguración acuden la gente más próxima (y sus amigos y familiares), y se abren las dos primeras terrazas de cultivo.
“Todo era un tanto caótico; aparecía gente, pedían un huerto, se les decía que sí… y así se iban repartiendo parcelas un poco sin ton ni son”. Esta forma de comenzar, fue arrastrando caos durante un tiempo. En aquella época entra gente conflictiva, hay un reparto muy desigual de parcelas, no están claros los criterios del proyecto, etc… “Los primeros que se acercan son gente muy “echada pa alante”, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Desde la casa tampoco había una idea común de como quería que fuera el proyecto; las cosas surgían sobretodo a nivel personal, por intereses y motivaciones particulares; había gente muy diversa, y muchas ideas para llevar a la práctica. Se iba haciendo, improvisando… Una gente iniciaba el proyecto, otras daban continuidad.

En el invierno de 2002-2003 se comenzó a estructurar el proyecto; dándole más forma y continuidad, sobretodo a la asamblea. También se organizaban jornadas de trabajo y comidas. Can Masdeu era también un proyecto donde todo iba muy deprisa; se ocupó el espacio pensando en unas jornadas contra el Cambio Climático, y de pronto eso se convirtió en un proyecto con un montón de posibilidades y muchas ganas de aprovechar el espacio al máximo. Cabe decir que a los 5 meses de la ocupación, por el puente del 1 de mayo, hubo un intento de desalojo de la vivienda; esto generó en los habitantes de la masía “la sensación de que esto se acabará rápido… y que hay que aglutinar y comenzar los proyectos rápidamente”.

La gente del barrio tenía ganas de hacer huertos allí y realmente valía la pena no desaprovechar el uso tradicional de la masía, así que la gente de casa “estaban tan flipados con este hecho” que en ningún momento se pusieron a pensar en cómo organizarlo todo desde el principio con tal que a la larga funcionara bien y no hubieran demasiadas dificultades. “Había un grado de inocencia y desorganización bastante elevado”.

También todo el tema legal se comía gran parte de la energía de la casa: preparar resistencia al desalojo y ver cual era la mejor estrategia a seguir, creando la Plataforma por la Defensa del Valle de Can Masdeu… después el juicio por la via penal, el juicio civil, etc.

Mientras tanto la gente se iba conociendo, se iba construyendo colectividad, arreglando la vivienda, organizando actividades sociales, y participando activamente en gran parte de las luchas sociales de Barcelona. Y, en medio de todo esto, el proyecto de los Huertos Comunitarios. Se pueden enumerar algunos objetivos i/o motivaciones del proyecto (la razón de ser):

– Generar un espacio de relación y de interacción social comunitaria en el barrio, entorno a la excusa de la agricultura.
Una característica importante del proyecto es la relación intergeneracional, que no es algo tan fácil de encontrar actualmente. También la intercultural: cultura alternativa y cultura más tradicional o popular, a nivel vital. Y la participación.
– También tiene una función de “puerta” a la agricultura (ecológica) en un entorno urbano: para alguna gente del grupo es una introducción al mundo rural, para otras es una recuperación, en cierta manera, de una forma de vida (hay muchos abuelos/as que se criaron en el campo). Además, hay un claro objetivo didáctico, de cara a niños/as y jóvenes, que realizan actividades de educación agroecológica al rededor de los huertos.
– Ampliar el proyecto de Can Masdeu a otro tipo de gente (romper con el modelo de “jóvenes alternativos”), que por otro lado es la mayoría en el barrio y en el distrito. Interacción real con el barrio.
– Empoderamiento a la hora de gestionar espacios naturales próximos a la ciudad de Barcelona. Concienciar de la necesidad de defender el valle y Collserola como un espacio amenazado por las políticas urbanísticas.
– Recuperar el uso agrícola tradicional de la finca
– Desarrollar experiencias en colectivo, más allá de la vida en comunidad.

Se busca gente que no sólo quiera tener una parcela sino que quiera formar parte de este engranaje que son los Huertos Comunitarios de Can Masdeu. También se busca un equilibrio generacional y de género. En general es todavía un proyecto con una mayoría de gente grande, pero cada año participa más gente joven, familias o grupos de amigos de los barrios próximos que pueden dar continuidad a su parcela. “Cada uno puede aportar en diferentes aspectos y la diversidad es importante”.

El grupo de gente que conforma el proyecto de los Huertos Comunitarios del Valle de Can Masdeu, son unas 50-100 personas de forma habitual, donde se incluye familiares y tres miembros de la comunidad que hacen de enlace. “La gente de casa vive aquí, el huerto forma parte de su cotidianidad”; para el resto de la gente es diferente (implica, como mínimo, un desplazamiento) y esto hace que el grado de implicación sea a veces menor, aunque hay gente que participa a muchos niveles: preparando las asambleas, dinamizándolas, organizando actividades, etc. Y así se implica mucho en algunas cosas, y nada en otras.

Las mujeres que participan son en general más jóvenes y son personas muy dinámicas y muy implicadas a nivel social, aunque también hay mujeres jubiladas muy activas. Hay bastantes parcelas compartidas por varias mujeres, mientras que los hombres tienden más llevar su trozo individualmente. La gente más joven tienen ganas de aprender y experimentar en el campo de la horticultura. También acostumbran a compartir la parcela en pequeños grupos. En general los ritmos de la gente son urbanos.
Estamos hablando de una masía de finales del siglo XVIII con una extensa superficie de terrazas de cultivo y toda una infraestructura de recogida y almacenaje de agua. La finca de Can Masdeu son 35hec, de las cuales 2hec se usan como finca agrícola – la zona rehabilitada que hoy acoge los proyectos -.

El espacio está parcelado; actualmente hay 35 parcelas, de superficie variable entre los 25 y los 50 m2 aproximadamente, más el huerto de la comunidad, que tiene una superficie aproximada de 1300 m2, y se trabaja de forma comunitaria. Cada parcela la trabaja una persona, una familia, o un grupo de gente. Podríamos decir que la media es de 2-3 personas por parcela.
Es un proyecto asambleario. Los miembros del grupo se reúnen en asamblea un domingo al mes. También pueden haber asambleas “extraordinarias” cuando surgen actividades y/o problemáticas puntuales. Con tal de facilitar el funcionamiento y la participación, e incentivar a todos a dinamizarlas, la asamblea tiene un formato más o menos fijo: presentación de la gente nueva, dudas o aportaciones de tipo hortícola (intercambio de conocimientos), repaso por comisiones (aquí se engloban casi todos los temas de la asamblea), y otros temas puntuales (propuestas, conflictos, etc.). Esta estructuración ha mejorado mucho la dinámica asamblearia. Es importante recalcar que la mayoría de gente que participa en el proyecto no tiene ningún tipo de experiencia asamblearia ni de organización colectiva previa, y que “las dinámicas asamblearias han estado todo un reto, con resultados gratamente sorprendentes”.

La dinamización de la asamblea es algo voluntario y rotativo. Siempre hay alguien que recoge el acta en la “libreta de asambleas”, con tal que las decisiones queden claras y se puedan consultar siempre que se quiera; también para poder hacer un seguimiento de todo el proceso del grupo a lo largo de los años. La asamblea, además de ser el espacio de toma de decisiones, también tiene la función de dar continuidad al proyecto a lo largo del año, “es la forma de mantener el hilo comunitario”.

Además de la asamblea, como que el grupo y el espacio son grandes y complejos, existen las denominadas “comisiones de trabajo”, que funcionan de forma semi independiente: las decisiones se toman en asamblea y las comisiones las ejecutan, con cierto margen de decisión, si hace falta. Todos los que forman parte del grupo, ha de asumir y respetar ciertos compromisos y responsabilidades establecidas por la misma asamblea: participar en la asamblea mensual (como mínimo un miembro de cada parcela) con cierta continuidad, formar parte de alguna comisión de trabajo o, como mínimo, tener la voluntad de colaborar, cultivar de forma ecológica, y pagar la “cuota mensual” de un euro, para el mantenimiento de las herramientas y de las infraestructuras (sistema de riego, coste del estiércol, etc.) y para cubrir los gastos de las actividades sociales que se hacen entorno al huerto, y evidentemente respetar las normas de convivencia mínimas (no ser agresivo ni discriminador, etc.)
Las Comisiones son o han estado a lo largo de estos siete años de funcionamiento del proyecto, las siguientes:

– Comisión de Agua, encargada de la gestión del mantenimiento de las infraestructuras de riego y de la recogida y almacenaje de agua de la lluvia.
– Comisión de Estiércol, encargada de gestionar las excursiones para ir a buscar estiércol.
– Comisión de Tierras, que gestiona la lista de espera, así como las ausencias de la gente y los espacios abandonados.
– Comisión de Fiestas, que organiza/dinamiza las actividades de carácter social, internas y externas, que se realizan a lo largo del año.
– Comisión de Economía, responsable de apuntar la asistencia en la asamblea y la aportación en el pote del proyecto, así como de gestionar el mismo.
– Comisión de Defensa del Valle. Esta comisión, activa sólo en determinados momentos, participa en las asambleas entorno a la defensa del Valle y de Collserola y mantiene informada a la asamblea de los Huertos Comunitarios.
También, durante unos tres o cuatro años, funcionó la Comisión Invernadero; ésta se dedicaba a producir plantel para todos los que quisieran, y se autogestionaba a nivel económico (la gente pagaba el plantel, a un precio simbólico, y los dineros se reinvertían en compra de semillas, materiales, y mantenimiento del espacio). Cuando la persona que lo llevaba (una de las vecinas del barrio que, juntamente con su marido, tiene una parcela en los Huertos Comunitarios) lo dejó, la comisión desapareció. Finalmente, ha existido también de manera intermitente la Comisión del Campo Comunal. Todo y que los Huertos Comunitarios de Can Masdeu la tierra está repartida en parcelas y el trabajo se realiza de forma individual o en pequeño grupo, algunas personas tenían (y tienen) la ilusión de estar en un proyecto 100% comunitario; en este sentido se creó el campo comunal, donde los dos primeros años se plantaron calçots para la calçotada popular y también patatas y calabazas.
Por lo que respecta al acceso al grupo o al proyecto, hay un protocolo, el cual es flexible y adaptable a cada caso. Cualquier persona que quiera participar en el proyecto se ha de presentar en una asamblea. A partir de aquí se le invita a participar en las siguientes asambleas, así como a todas las actividades comunitarias (ir a buscar estiércol, jornadas de limpieza y mantenimiento del espacio y las infraestructuras, comidas y fiestas, actividades en el barrio, etc.). También puede colaborar en alguna parcela de gente que lo necesite, o subir los jueves a trabajar en el huerto de la casa. Así va conociendo el proyecto y la gente que lo construye, y al mismo tiempo la gente la va conociendo también. Es un proyecto de convivencia i, por tanto, es importante conocerse. Es también una forma de ver el interés real en el proyecto y la capacidad de adaptación (si realmente es factible para la persona: tiene el tiempo suficiente que hace falta dedicar a un huerto, el proyecto le gusta, etc.)

Después de unos tres meses, si hay alguna parcela libre, o bien si alguno quiere compartir la suya con aquella persona (cosa, hay que decir, poco habitual), esta entra a formar parte del proyecto. En caso de que no haya ningún espacio libre, la persona interesada se mantendrá esperando, sin dejar de participar.

Hay una lista de espera donde se apunta la gente a medida que se presenta y solicita una parcela. Esta lista, pero, no se rige por un orden cronológico estricto, sino que también se valora, por encima de todo, la voluntad y la implicación de las personas apuntadas, y lo que aportan en el proyecto.

Después de este período de 3 meses, la asamblea decide si acepta a la persona o no. Se priorizan grupos (antes que personas individuales), sobretodo si son cooperativas o algún tipo de proyecto social. Actualmente, para potenciar el equilibrio generacional, se priorizan la entrada de gente joven.

Uno de los retos del proyecto es como generar espacios donde poder conocer más a la gente, tanto la que ya forma parte del grupo, como sobretodo la que quiere entrar. “Se podría dejar un espacio o parcela para el trabajo conjunto de esta gente (reconvertir lo que había sido el “campo comunal”). Podría ser una de las tareas de la comisión de tierras; hacer un seguimiento más profundo de las personas que se acercan al proyecto y son candidatas a incorporarse: conocer sus motivaciones y cosas que quieren/pueden aportar”.

“Es un proyecto que se ha ido haciendo a pedazos”, y esto, junto con el hecho que es un grupo muy grande, con genet muy diversa y con realidades y objetivos diferentes, se complica más la gestión y organización. Hay unas directrices, pero al final cada persona y cada situación es diferente y se trata de forma personalizada.

En este caso, tampoco es la gente más joven la que estira del proyecto, sino más bien un sector de entre 45 y 60 años, sobretodo mujeres. La gente joven se implica bastante a nivel de dinamización y participación en las asambleas y en las jornadas de trabajo, pero acostumbran a ser mucho más inconstantes que la gente grande y no tan presentes en el día a día del huerto.

Como ya se ha dicho, se practica la agricultura ecológica, aunque las semillas y el plantel muchas veces no lo son (es bastante difícil encontrar); de hecho, desde que el invernadero dejó de funcionar (actualmente hay uno pero solo le sacan provecho la gente de casa, y sólo para algunos cultivos), cada uno planifica su huerto y se gestiona este aspecto, sin ningún tipo de “control”. El huerto de comunidad lo gestiona una comisión (la comisión de Huertos, que no es la misma que la de Huertos Comunitarios) que se encarga de hacer toda la planificación y de organizar el dia semanal de trabajo colectivo. Este día, actualmente es el jueves, y algunos personas que viven en la casa bajan este día a trabajarlo (siguiendo lo propuesto por dicha comisión), y también está abierto a que cualquier persona que quiera aprender a llevar un huerto ecológico, a través de compartir las tareas prácticas que ello conlleva.

En Can Masdeu hay un banco de semillas locales, donde se puedan intercambiar semillas, todas ecológicas. La mayoría de las semillas son fruto de donaciones y algunos intercambios, sólo algunos son propias de los huertos de la casa, ya que al tratarse en un espacio con tantos huertos diferentes, guardar semillas se complica todavía más (hay muchas posibilidades de cruzamiento entre las diferentes variedades).

La mayoría de huertos que hay en Can Masdeu se podrían considerar huertos productivos en relación a su extensión; quizás no son suficientes para abastecer a una familia de todo lo que necesita, pero cubren gran parte del consumo de productos de temporada (dejando de lado los productos de guardar como las patatas, cebollas, ajos…), sobretodo en verano. Mucha de esta gente ya tiene experiencia en horticultura y tienen el huerto a pleno rendimiento; además de cultivar por motivos de entretenimiento y por disfrutar de un espacio rural cerca de casa, uno de los objetivos es abastecerse de las hortalizas de temporada (sin dejar de ir al mercado o al super a comprar tomates todo el año!). Otros, sobretodo la gente más joven, son básicamente experimentales, en el sentido de ser un espacio de aprendizaje e introducción al mundo agrícola, con una producción más bien escasa.

Casi todos los huertos tienen su compostador particular, de construcción propia, donde se apilan los restos del mismo huerto (malas hierbas, partes de la planta que no se aprovechan, etc.) y, en algunos casos, los restos orgánicos de la casa; es el caso de los huertos de la casa y de algunos hortelanos/as que se los traen de casa. Por otro lado, la forma más importante, al menos a nivel cuantitativo, de abonar los huertos, son con el estiércol. Estos, ya sean de caballo, de oveja o de cabra (esto ha ido variando a lo largo de los años en función de la diversidad de opiniones y también de las posibilidades de conseguirlos), se van a buscar de forma colectiva: en asamblea se decide cuando se quiere ir a buscarlo (cuando alguien lo propone y la mayoría de gente lo considera necesario, normalmente antes de las grandes plantadas, 1 ó 2 veces al año) y salen las personas voluntarias, y a partir de aquí la Comisión de Estiércol se encarga de organizar la jornada de trabajo (buscar el vehículo, contactar con la explotación ganadera, asegurarse que hay sacos suficientes, etc.).

Es uno de los aspectos más comunitarios del proyecto: una jornada de trabajo conjunta, codo con codo, y con unos resultados visibles y satisfactorios. Durante un tiempo había una especie de “bonificación” para la gente que iba a buscar el estiércol, que eran siempre los mismos: a la hora de repartir los sacos, les tocaba un saco más que el resto. Desde hace ya unos años, estas jornadas son más participativas y el reparto es igual para todas las parcelas; esto se ha conseguido sobretodo organizando jornadas de trabajo, siempre con comida y fiestita incluida, a lo largo de todo el año, y haciendo que todos se tengan que apuntar a una tarea o a otra: ir a buscar estiércol, mantener márgenes y caminos, trabajar en el sistema de recogida y canalización de agua, arreglar el espacio de la balsa, organizar las comidas y cocinar, etc. Se hacen listas, en asamblea, y cada uno se apunta a lo que le va mejor o le gusta más hacer. Es así como se hace el mantenimiento de las infraestructuras y de los espacios que “no son tierra de nadie o, mejor dicho, son tierra de todos”. El mantenimiento de la propia parcela y de los espacios circundantes los realiza cada uno como y cuando quiere.

Las herramientas son comunitarias, es decir, hay la posibilidad de utilizar las herramientas que hay en la habitación de herramientas, al lado de una de las terrazas de cultivo. De todas maneras, la gran mayoría tienen sus propias herramientas, que guardan dentro de su parcela; “al final, las herramientas las utilizas mucho y es algo muy personal; la gente quiere, y casi necesita tener su propia herramienta”. De tanto en tanto van al taller de la casa a arreglarlas.
El tema del agua es uno de los más complejos y delicados dentro del proyecto. “Es donde más patente se hace el hecho que hay un bien escaso y que se ha de compartir”. Y como en toda sociedad, cuando hay algo escaso y común, aparecen los conflictos de intereses, las formas de repartición, los mecanismos de control, etc.

Una de las características que diferencia este proyecto del resto de huertos urbanos es que el agua de riego no proviene de Red Urbana, sino que es exclusivamente agua de lluvia. Se han recuperado las dos minas de agua y las balsas (dos bastante grandes y una pequeña) que hay en la finca de la Masía de Can Masdeu, así como un depósito donde se desvía el agua cuando las balsas están llenas. Las balsas se llenan con agua sobrante de las minas (la que no se utiliza para el consumo de la gente que vive en la masía) y con el agua de escorrentía de la montaña que baja por la pista de al lado de casa, y que se ha canalizado hacia éstas. A partir de aquí se ha hecho un sistema de distribución del agua, con tubos de polietileno, llaves de paso, y grifos, que permite que el agua llegue a todas las parcelas; todos tienen un grifo más o menos cerca, que le permite regar su trozo o llenar los bidones con una manguera. Además, también hay un pozo de 70m de profundidad que se alimenta de aguas freáticas, del cual se ha tenido que sacar agua algunos veranos muy secos.

Son muchos y diversos los sistemas de repartición de agua que se han ido haciendo a lo largo de los años, intentando cada vez mejorar el anterior, a partir de quejas y sugerencias. Decir que ha estado fácil sería mentir. Desde repartición por bidones semanales, contadores a las salidas de las balsas, riego “cronometrado”… se ha probado de todo, y se han ido viendo las ventajas y limitaciones de cada fórmula, y también se ha ido aprendiendo a compartir y a valorar un recurso tantas veces infravalorado como es el agua. Durante gran parte del año el riego es “libre”, es decir, cada uno riega cuando quiere, como quiere, y la cantidad que le parezca. A partir del mes de abril-mayo ya se comienza a hablar sobre el tema del agua y a buscar la manera de organizarse para la época de “vacas flacas”, normalmente de junio a setiembre, dependiendo del clima y de la acumulación de agua que haya habido aquel año. Se crea entonces una comisión, con representantes de cada terraza de cultivo, que elaborará una propuesta para discutirla en asamblea. Una vez tomada una decisión, se acostumbra a crear la figura de los “encargados del agua”, uno o dos por terraza, que es una tarea rotativa, según las vacaciones y la disponibilidad horaria de cada uno; estos encargados se responsabilizarán (durante un periodo de tiempo determinado) que se aplique la fórmula escogida y se respeten las cantidades acordadas. Lo que sí se ha conseguido es que cada año haya más implicación y respeto (y también más confianza) por parte de todos en la gestión del agua (ya sea haciendo propuestas, coordinando los huertos de su zona, etc.), y que ésta sea un poco más independiente de la gente de la casa: autogestión participativa.

Pero, a parte de las cantidades de agua, que variarán ligeramente según el año, lo que cada año se instaura de forma fija son los horarios de riego: se intentará regar por las tardes, a partir de las 18h y, en caso que no sea posible, por las mañanas bien temprano (antes de las 9h).

Todas las parcelas tienen su espacio reservado para los bidones donde acumulan el agua; de esta manera, cuando hay excedente y rebosa agua de las balsas, se llenan los bidones y no se pierde tanta agua. Esta agua almacenada se utilizará cuando haya escasez. Además de la función acumulativa, también sirven para que la gente pueda regar con regadora y ahorrar agua (siempre se gasta menos que regando con manguera), así como disponer de ésta cuando se quiere (el grifo lo comparten unas cuantas parcelas y no siempre está disponible), pero también tienen algunos inconvenientes importantes, como es la proliferación de mosquitos, entre ellos el tan temido “mosquito tigre”, que se reproduce fácilmente en aguas estancadas. A lo largo de todo el año, y sobretodo en los meses de más calor, se hacen revisiones periódicas del estado de los bidones (y otros lugares donde se pueda acumular agua, por poca que sea) para comprobar si hay mosquitos y/o larvas. Es un tema complicado y laborioso pero cada año funciona mejor.
También en las parcelas algunos/as se han construido un pequeño cobertizo donde guardar las herramientas, o bien para resguardarse de la lluvia o del sol intenso en algunos períodos del año, o incluso organizar comidas de fin de semana, o partidas de cartas.

El recinto esa siempre abierto, y no hay horarios. Aunque muchas parcelas están rodeadas de una vaya, con una puerta cerrada con cadena; la llave sólo la tiene la usuaria de la parcela y, desde hace cosa de un año, hay una copia de la mayoría de las llaves en la casa, por si pasa cualquier cosa y se ha de entrar en el huerto. El tema de las vallas ha sido una de las “luchas” más intensas dentro del proyecto; comenzaron a surgir de forma espontánea y desordenada, sin previa consulta en la asamblea, con la excusa de la entra de jabalíes a algunas parcelas, y de robos de hortalizas, sobretodo en las zonas que no se ven desde casa. Todo y que mucha gente no tiene barreras y están en contra de este sistema de delimitar los espacios, y también desde la casa se ha presionado bastante para eliminarlas, existe un fondo de desconfianza, y una especie de sentido de la propiedad privada muy enraizado, que no ha permitido la supresión. Lo que se ha acabado haciendo es una limitación en la altura de las vallas (no pueden sobrepasar la altura del pecho, para que estorben a la vista) y en los materiales de construcción; se han de utilizar materiales naturales y/o que se integren en el paisaje (cañas, maderas, cuerdas), intentando eliminar metales y plásticos.

La economía es a base de un pote común, gestionado por la Comisión de Economía, que se nutre de la cuota mensual antes mencionada (que es voluntaria, aunque si alguien no la quiere/puede pagar, ha de justificarlo delante de asamblea) y de algunas actividades sociales, que son la principal aportación económica. Éstas han estado inicialmente sobretodo la calçotada del Valle, que se acostumbraba a celebrar cada año y que se organizaba entre la gente de casa y los Huertos Comunitarios, así como La Cultura va de Fiesta, que es una fiesta organizada desde las entidades del distrito de Nou Barris, donde se participa también conjuntamente con la casa, y algunas otras actividades puntuales, según vayan surgiendo.
Como ya se ha dicho, pues, además de trabajar la tierra, se realizan muchas actividades entorno a los huertos. Desde actividades más internas, enfocadas a las cohesión de grupo y al funcionamiento comunitario: jornadas de trabajo y, sobretodo, comidas y fiestas, donde se genera un espacio de relación distendido y alegre, absolutamente necesario para el buen funcionamiento del grupo (se ha comprobado que cuando estas actividades se realizaban con menor frecuencia las relaciones dentro del grupo se deterioraban y las asambleas eran más tensas). Se acostumbra a hacer, como mínimo, una comida por temporada, es decir, cuatro al año. En estas comidas, de carácter festivo, no sólo participa la gente que tiene un huerto, sino que también traen a sus familias y amigos.

También se realizan actividades externas, participando especialmente en los últimos años en el Festival de Sopas del Mundo, el Carnaval de Nou Barris y la Cultura va de Fiesta -antes con la “Agricultura va de Fiesta” y ahora con el Mercado de Intercambio.

Desde los huertos comunitarios se constituyó legalmente la Associació en Defensa dels Horts Comunitaris de Nou Barris para poder participar como parte implicada en el juicio civil que se celebró contra los “supuestos habitantes” de la masía. También desde esta asociación se denunció a la propietaria Fundació Hospital de Sant Pau, por una gestión indebida de un espacio considerado “patrimonio cultural” de Cataluña (la Masía de Can Masdeu), pidiendo la expropiación de la finca por parte del Ayuntamiento. “La querella fue aceptada, algo inédito, pero naturalmente, nunca prosperó”.

Ha habido conflictos de muchos tipos y por muchas razones. El tema del agua es bastante central en los conflictos; también los diferentes niveles de participación en las tareas comunitarias. Hay conflictos que se dan en la intimidad, otros llegan a asamblea, aunque en general cuesta afrontarlos abiertamente; a menudo se utiliza a la gente de la casa como mediadores, o buscando una autoridad que decida sobre la problemática. En general pero, hay bastante “buen rollo” en el grupo; buenas amistades y compañerismo. También hay desencuentros históricos que se han integrado en la vida del grupo, que existen pero que se llevan de tal manera que son sostenibles para todos. Por otro lado, se han dado algunos problemas de “robos” de hortalizas, de difícil solución porque es prácticamente imposible controlar quien se arrima a los huertos, ni tampoco es algo que sea muy preocupante.

En cuanto a algunas recomendaciones que, partiendo de la propia experiencia, se podrían hacer a alguien que quisiera iniciar un proyecto de huertos comunitarios, pues hay muchos, ya que se trata de un proyecto con una larga trayectoria:
“La clave, o una de las claves, es cómo comienzan las cosas… y la prisa; es importante no tener prisa, a la hora de adjudicar huertos, de tomar decisiones, o de cualquier cosa. Todos los procesos, y si son complejos todavía más, requieren de su tiempo”. También es muy importante el realismo a la hora de tomar decisiones: hay que llegar a acuerdos asumibles (o fácilmente asumibles) con tal de poderlos respetar.

Es interesante definir algunas cosas básicas ya desde el principio: definir el grado de colectivización del proyecto. Es interesante el trabajo individual dentro de un marco de gestión colectiva. En un espacio más o menos extenso como Can Masdeu, la parcelación del espacio en forma de usufructo (no de propiedad privada) ha acontecido una forma de gestión interesante que ha permitido que el proyecto tirara adelante. De todas maneras, a la hora de repartir parcelas es importante decidir previamente que medida tendrán éstas, con tal de poder hacer un reparto equitativo y, en cierta manera, limitar la medida del grupo.

También es importante establecer que “derechos y deberes” tienen las personas que participan en el proyecto, si es que tienen, para no generar malentendidos o falsas expectativas. Que tipo de agricultura se quiere hacer; formas organizativas; mecanismos de entrada y de salida del grupo, con ciertos sistemas de filtrado, etc. De esta manera, se creará un grupo diverso pero con unos objetivos principales comunes, y esto facilitará el funcionamiento del proyecto.

Otros aspectos que a lo largo de los años se ha ido viendo que eran muy importantes, más de lo que podrían parecer, son:

– El equilibrio intergeneracional y de género; en un grupo diverso, las actitudes se compensan y las diferentes capacidades individuales se complementan. Es importante no tener miedo a la hora de crear sistemas de discriminación positiva a la hora de escoger a los miembros que formarán parte del grupo; es decir, todos (en este caso hay la limitación de las parcelas) pueden participar, pero tiene que haber unos criterios de priorización.
– Aceptar las realidades, que cambian con el tiempo, y adaptar las formas de funcionamiento a estos.
– Creatividad a la hora de organizarse (por ejemplo, con el tema del reparto de agua), sin miedo a experimentar e, incluso, a equivocarse.
– Tratar los conflictos fuera de la asamblea, en pequeños grupos formados por las personas implicadas y otras que puedan hacer de mediadoras, y con calma, mucha calma.
– Organizar, de forma periódica (cada grupo encontrará la frecuencia adecuada), encuentros de ocio; estos generan identidad y cohesión de grupo.

En muchos casos, estos tipos de proyectos son experiencias sociales más que agrícola-productiva; son una herramienta pedagógica de cara a la falta de conocimientos de horticultura, en algunos casos, i de organización social, en muchos otros; hay que ser conscientes.

Finalmente, la experiencia nos demuestra que hay algunas cosas que hace falta no sólo explicarlas sino tenerlas muy claras y defenderlas con firmeza si quieres ahorrarte un montón de dificultades: el espíritu comunitario del proyecto. Unos Huertos Urbanos Comunitarios son un proyecto social, no son huertos individuales y/o privados sino que hay una finalidad de compartir, de trabajar y tomar decisiones de forma horizontal y participativa, asumiendo las ventajas e inconvenientes que esto supone, “y si no tienes ganas de participar, búscate la vida en un descampado!”.

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